SOBRE ANTONIO FUENTES · TEXTOS · JUAN VEGA

ANTONIO FUENTES, UN PINTOR DE TÁNGER PARA TÁNGER

Juan Vega

Un año más, es para mí una gran alegría volver a Tánger. No sólo para recorrer de nuevo las calles donde crecí, sino para hablarles de este lugar incomparable y tratar de contagiarles mi amor por esta ciudad y sus habitantes. Con aquellos que ya la aman, compartiré mis recuerdos y mi cariño. A los que acuden por primera vez y la descubren, intentaré encender en ellos una chispa de curiosidad que los conduzca a explorarla, para conocerla mejor y admirarla, no con los ojos de un turista sino, a ser posible, con los de un tangerino de pura cepa.

Cuando me comunicaron el tema para el congreso de este año, me eché a temblar. Vasto tema, me dije. Tan vasto como desconocido para mí. Les confieso que estuve a dos dedos de declinar la invitación cursada por mi amigo Khalid. De todas formas, hubiese acudido a la cita, pero sin participar en las charlas y limitándome a escuchar a mis doctos compañeros.

Una vez pasado el susto, me puse a reflexionar. Me dije que tanto en pintura, como en música, literatura, o gastronomía, todo es cuestión de gustos. Para algunos, la Joconda es una plasta, al lado del bodegón que les pintó un vecino aficionado. Para muchos, la Flauta Encantada de Mozart es un soporífero, mientras que el "We are the champions” de Queens, aderezado con una final de copa de Europa, es un sonido celestial. Otros dirán que el Quijote es un rollo insoportable, confrontado a un buen Agatha Christie. Y para terminar con estas odiosas comparaciones, recordaré que no pocas personas prefieren unos buenos pinchitos regados con un Boulaouane, a un turnedó Rossini acompañado de un Mouton Rotchild.

Por lo tanto, si al fin y al cabo, en la vida todo es cuestión de gustos, porqué no iba yo a poder hablar de pintura y de pintores, a pesar de mi ignorancia sobre el tema. Me puse a rememorar mi adolescencia tangerina y de entre los pliegues de mi memoria conseguí extraer los nombres de tres pintores tangerinos: George Apperley, Julio Ramis y Antonio Fuentes.

El primero era un Inglés que para mejor pintar a las gitanas terminó por casarse con una de ellas. El segundo era un mallorquín con muy mal genio, cuya pintura cubista no me gustaba. El tercero había nacido en Tánger y además, era hermano de un cuñado mío. No me lo pensé dos veces. Ya tenía a un pintor de Tánger y a toda la familia, dispuesta a proporcionarme la información necesaria para preparar mi charla. ¿Qué más podía pedir? He decidido pues, hablarles de Antonio Fuentes Contreras.

Como queriendo demostrar a los innumerables artistas de todo genero que hicieron escala en su casa, que Tánger era también capaz de producir un genio, Antonio Fuentes nace un nueve de octubre de 1903 en el Hotel Fuentes, en el corazón de la ciudad, el legendario Zoco Chico. Esa pequeña plazuela que sirvió de modelo a Delacroix, Matisse, Fortuny, Tapiró y tantos otros.

Ya desde muy pequeño, su carácter empieza a moldearse y a encarrilarse en la vía por la que conduciría su vida, a lo largo de su dilatada existencia. A los diez años, se pasaba los largos días de verano en la azotea, desnudo, pintando con el humo de una vela encendida, los techos de las habitaciones desocupadas. Aquello era ya un atisbo del bohemio solitario que se estaba fraguando y también, ¿porqué no?, un presagio de su época de las catedrales.

Cuando, acuciado por la servidumbre del hotel, se veía obligado a desalojar las habitaciones y abandonar sus capillas sixtinas particulares, Antonio bajaba al café Fuentes y se deslizaba entre los parroquianos.

En cuanto apercibía un velador libre, allí se escurría para ponerse a la obra sin pérdida de tiempo. Rápidamente, antes de la llegada de nuevos clientes, con un viejo trozo de lápiz, perfilaba velozmente sobre el impoluto mármol de la mesa, con trazos certeros, un bosquejo de las escenas que se desarrollaban bajo su mirada inquieta y curiosa. Independientemente de su valor artístico, aquellos bocetos que respondían a una necesidad imperiosa de expresión, requerían dos cualidades esenciales. La primera, la obligación indispensable de ser ejecutados con gran rapidez, antes de que nuevos parroquianos ocupasen la mesa libre. La segunda, no menos vital, la exigencia ineludible de ocultarse a los camareros, siempre reacios a eliminar del mármol las trazas de lápiz.

Aquellos esbozos serían, sin lugar a dudas, los primeros pasos que lo conducirían hasta su serie de cuadros, realizados sobre temas de cafés y camareros, que le valdrían, por parte de  Pierre Gassier, conocido hispanista francés, el calificativo de Toulouse-Lautrec de Tánger.
El paso de los campesinos con sus burros cargados de hortalizas, en dirección del Zoco de Afuera, sus fugas hacia los Zocos del Carbón y del Trigo y las tradicionales cofradías de la Fiesta del Mulúd, fueron, estoy convencido de ello, fuentes de inspiración y preludio de sus obras de temas Marroquíes.

A los trece años, ejecuta dibujos para "El Heraldo de Marruecos”, y a los catorce, realiza ilustraciones para "La Esfera” y "El Nuevo Mundo”. Los artistas españoles, Abascal y Ortiz Echagüe, están entre los primeros en detectar el talento de Antonio. Son ellos los que lo alientan y lo empujan a dedicarse exclusivamente a la pintura, en torno a la cual ya gira la vida del pintor.

Hace su servicio militar en Cádiz, donde su espíritu rebelde, cada vez más afirmado, le hace conocer, en más de una ocasión, la oscuridad y la humedad del calabozo. Ya licenciado y lanzado de lleno en el arte pictórico, viaja a Madrid para ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. No acepta doblegarse a la rigidez y el academicismo de la escuela y una vez más, su carácter insumiso lo empuja a abandonar la Academia y lo arrastra hasta Paris, para instalarse en el Montparnasse artístico y bohemio de la época.

Allí, en la "Grande Chaumière”, una inmensa y destartalada academia-estudio que ha visto pasar a todos los genios de la pintura contemporánea, Antonio da rienda suelta a su pasión y pinta sin descanso. Para dibujar, más que el lápiz o el carboncillo, utiliza el pincel, consiguiendo una fuerza y una seguridad en los apuntes que lo convierten en un gran dibujante.

Para cubrir sus gastos, ejecuta caricaturas para la revista "La Semaine de Paris”. A través de estos trabajos traba conocimiento con todas las figuras españolas que visitan la capital gala. Entre otros muchos, conoce a Manuel de Falla, Encarnación López "La Argentinita”, Vicente Escudero y Andrés Segovia, todos ellos símbolos de la música y el baile español. Ellos lo inspiran y hacen brotar de sus pinceles su famosa serie de "bailaores flamencos”.

Los pintores españoles que se han trasladado a Paris son numerosos. Entre ellos están Souto, Pelayo, Bores y muchos más. Por las noches, Antonio se reúne con todos ellos en los cafés para hablar, claro está, de pintura. Una vez más, dando prueba de su individualismo y su personalidad, su opinión discrepa con el planteamiento artístico de la mayoría de ellos. Según las propias palabras de Fuentes, sus compatriotas "Estaban todos obsesionados con Picasso, lo que era natural, pero lo que en Picasso era puro instinto adivinatorio, mis paisanos lo convertían en pura álgebra mental”.

A pesar de dos puntos comunes tan importantes como la nacionalidad y la lengua, Antonio simpatiza y congenia, sobre todo con dos pintores judíos. El escritor español, Emilio Sanz de Soto, da la siguiente explicación a esta preferencia: "Fuentes estaba tan imbuido del espíritu del Zoco Chico de Tánger, de su convivir diario con árabes y judíos, que los pintores con los que intima son los dos judíos: Moïse Kisling y Haïm Soutine”.

Por aquellos años nace su admiración por Rembrandt. Para él, toda la nueva pintura debe tener como punto de partida "El Buey Desollado”. Ese cuadro del maestro holandés, realizado esencialmente para estudiar los diferentes efectos de la luz en un mismo objeto y ejecutado con una paleta pobre en colores y con dominantes ocres, parece haber influido en parte de la obra de Fuentes. En sus escenas de "cafés” dominan los ocres y en su serie de zocos tangerinos, el sol, elemento habitual de nuestra ciudad, parece estar tamizado, como en un intento de reducir o atenuar su brillo y su fulgor. Como ya les dije al iniciar mi charla, en esto de la pintura soy un neófito. Por lo tanto, a los ojos de un experto, es muy posible que el análisis que acabo de exponerles esté totalmente equivocado. Ruego pues, a todos los conocedores del arte, perdonen mi ignorancia y consideren estas líneas como un punto de vista muy personal.

En 1930 es admitido en "La Nationale des Beaux Arts” con un soberbio desnudo. El éxito obtenido le abre las puertas de la "Salle d’Art Castelucho” donde realiza su primera exposición individual y conoce a Pablo Picasso. Posteriormente, figurará junto a Kisling y Vlaminck en exposiciones colectivas.

En 1934, decide cambiar de ambiente y se traslada a Italia para pulir su formación. Inicialmente, se instala en Florencia como discípulo de Felipe Carena. Más tarde, se dirige a Roma para ingresar en la "Academia Española de Bellas Artes”, dirigida por Valle-Inclán, quien firma de su puño y letra su admiración por nuestro pintor. Sus trabajos académicos no le impiden seguir colaborando con la prensa española a la que envía ilustraciones regularmente.

De su estancia en Roma hay que resaltar la anécdota de la caricatura del exiliado Alfonso XIII. El monarca firmaría la obra con la siguiente dedicatoria: "Sí señor, así soy yo, por la gracia y desgracia de Dios”. En la obra inglesa "Diccionario de pintores en Tánger”, se habla de esta caricatura y se dice que fue adquirida en una subasta por el actual rey de España, Don Juan Carlos.

El término de la segunda guerra mundial pone punto final al periplo extranjero de Antonio. Tal un Ulises moderno, vuelve a su Tánger querido, a su casa-estudio, junto a la mezquita de la Plaza de los Aissauas, en el corazón de la medina. A partir de entonces, sólo expone, cuando, a fuerza de porfiar, amigos o instituciones consiguen convencerlo de ello. En esas rarísimas ocasiones, los grandes nombres de la crítica artística y cultural reconocen unánimemente el valor y la calidad de su obra.

La única vez que tuve ocasión de verlo y charlar con él fue en el verano de 1968. La empresa en la que yo trabajaba me había trasladado a Tetuán. El apartamento que me habían atribuido, a pesar de estar amueblado, necesitaba algunos elementos de relleno. En particular, un inmenso testero desnudo del vasto salón exigía la presencia de un cuadro. Inmediatamente pensé en Antonio. Tetuán está a una hora de Tánger y mi cuñado Carlos es hermano del pintor. A los pocos días, me encontré, golpeando con un viejo picaporte, la puerta de la casa-estudio de Antonio, en la Plaza de los Issauas. No tardó en aparecer la cabeza de Antonio en la ventana del primer piso. Aunque no nos conocíamos, tras recordarle los lazos familiares que nos unían, accedió a recibirme. Un joven marroquí me abrió la puerta y, cual un experto "sherpa”, me condujo a lo largo de la ascensión de la empinada escalera.

De pie, en medio del salón, vestido con una túnica, me esperaba Antonio. El blanco de su largo pelo contrastaba con la curtida piel de su rostro. La intensidad de su penetrante mirada me cohibió. Cuando le expliqué el motivo de mi visita, sonrió.

"Pero, hijo, siendo como eres de la familia, como no sabes que yo no vendo mis cuadros”.

Me deshice en excusas e intenté justificarme. El resultado debió ser tan lamentable que sonrió de nuevo. Al final se apiadó de mí y me autorizó a husmear entre las decenas de cuadros apoyados de cara a las paredes. Pronto, di con lo que buscaba. Una clásica escena de zoco tangerino. Mientras tanto, Antonio, instalado en un diván bajo marroquí, sorbía un vaso de té verde con hierbabuena.

Le mostré el cuadro. Creí haber cometido un crimen irreparable. Con una mano se tapó los ojos y con la otra hizo ademán de detenerme.

"¡No, por Dios! ¡Ese no!" - me suplicó.

Coloqué precipitadamente el cuadro en su sitio y proseguí mi búsqueda. De nuevo, otra escena de zoco. Se la muestro y obtengo el mismo resultado que con la primera. Empezaba a dudar del éxito de mi empresa cuando me dijo.

"Mira, lo mejor que puedes hacer es no enseñarme el que hayas elegido. ¿De acuerdo?"

Así lo hice. Sin mostrárselo, dejé el cuadro separado de los demás y me dirigí al pintor para preguntar el precio de la obra.

"Lo que a ti te parezca, hijo" - me contestó. "No tienes más que pinchar el dinero con este alfiler detrás de esa cortina" - me indicó.

Me despedí de Antonio y bajé con precaución la peligrosa escalera, orgulloso, con mi cuadro bajo el brazo. Estoy convencido de que a mi espalda, el artista sufría, igual que un padre al que le retiran un hijo.

En 1973, Antonio acaba de cerrarse sobre sí mismo de forma total y definitiva. Dedica su tiempo exclusivamente a la meditación y su obra pictórica se centra en la abstracción. Fruto de estos trabajos es la serie de los "Frottages”, realizada en 1990, cuando el artista cuenta ya 85 años.

Por esa época, totalmente aislado del mundo exterior, en su refugio de la medina, Antonio rechaza categóricamente dos propuestas del Consulado General de España en Tánger. La primera consiste en una exposición retrospectiva de su obra. Sin dar lugar a discusiones, el pintor se niega rotundamente a colaborar con las autoridades.

La segunda, mucho más amplia y sobre todo más perenne en el tiempo, prevé transformar su casa en el Museo Fuentes y realizar una Exposición Antológica Itinerante, acompañada de un catálogo general de su pintura, compuesto por más de 450 obras repartidas en importantes colecciones privadas de todo el mundo, desde América del Sur, Estados Unidos y Europa, hasta Arabia Saudita. Antonio, fiel a su línea de conducta habitual, se niega igualmente a que el proyecto vea la luz.

Cuando fallece en el Hospital Español de Tánger, menos de tres meses lo separan de los 90 años. Este gran artista tangerino tuvo dos pasiones en su vida: la pintura y Tánger o Tánger y la pintura, pónganlo en el orden que ustedes prefieran. Para la pintura nació y con ella murió. En Tánger nació y aquí murió.

Las luces de Paris, las bellezas de Florencia y Roma o el gigantismo de Nueva York no consiguieron cortar el cordón umbilical que lo unía a su querida ciudad, Tánger. Pero no el Tánger de los bulevares y las anchas avenidas, no el Tánger internacional de los negocios y las finanzas sucias. Igual que todos los viejos tangerinos, Antonio amaba el Tánger verdadero, el autentico, el de la medina y las estrechas callejuelas, el de las fuentes públicas y los pequeños bakalitos, ese Tánger inolvidable y eterno que perdurará para siempre en nuestra memoria.

Estoy seguro de que esté donde esté, Antonio sigue pintando y deleitando con sus pinceles a todos los que han abandonado este valle de lágrimas. ¡Hasta la vista, Antonio!

af@antoniofuentes.org

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