SOBRE ANTONIO FUENTES · TEXTOS · JOSÉ HERNÁNDEZ

PRIMERO FUE EL CAOS. PARA MI AMIGO Y MAESTRO ANTONIO FUENTES.

José Hernández, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Si lo que se denomina talento artístico fuera realmente materia cuantificable, no cabe duda de que el material, real o imaginario, de Antonio Fuentes superaría cualquier cifra conocida. Esto, como es natural, no lo descubro yo hoy, sino que otros con más conocimiento y facultad en estas cuestiones lo han dejado dicho, escrito y rubricado. En este sentido poco o muy poco podría yo añadir a lo que ya, por derecho, consta.

No obstante, y por pequeña que sea mi aportación, sí puedo (o debo ) contar mi de impresión personal en mi primera visita al estudio de un pintor, estudio o celda, allá donde se desata la imaginación creadora.

Antonio Fuentes. Tánger, 1975

Soy enemigo acérrimo de las loas, y me consta que Antonio Fuentes tampoco es muy sensible al género, pero no sería justo ni serio dejar de destacar lo que considero una verdadera cualidad: la rara facultad de éste para ver y hacer ver a los demás siempre el lado estético, artístico, o si se quiere, positivo de las cosas que nos rodean, ya sean objeto, atmósfera o situación.

Esa enorme y envidiable vitalidad es forma de fuerza centrífuga nos deja una huella indeleble, una lección para siempre aprendida de generosidad, de creatividad, de humildad y de otros términos hoy triste e incomprensiblemente en desuso.

Salvo esta mención obligada, he preferido la evocación de un recuerdo de la adolescencia por ser a veces lo más ilustrativo. El relato podría situarse en Tánger, también mi ciudad natal, una tarde luminosa y fresca de un mes de marzo. Acompañaba yo a dos buenos amigos: Emilio Sanz de Soto y Antonio o Ángel Vázquez. Una plazoleta, la cuidada fachada de una pequeña mezquita iba a ser el decorado natural de este sortilegio.

Traspasar el umbral de la puerta azul fue como penetrar súbitamente en un planetario, mis ojos abiertos como dos enormes y desproporcionados discos de porcelana blanca. Ascendí por un hueco oscuro en donde unas escaleras se trasformaban como por arte de magia a veces en una espiral, en el lomo de un cuerpo escamoso, en las horas superpuestas de la esfera de un reloj de pared o bien es simples hojas hilvanadas de un menú de hotel.

Llegado la planta superior ví cómo el Artista, jadeante, observaba algo a través del ojo de una cerradura. Con un gesto pidió silencio y acto seguido desapareció entre la maleza. En el lugar que ocupaba, toda una flota de latas de sardinas en su S.I.N.G.L.A.D.U.R.A. pedía paso al dirigirse hacia un cuarto de baño en cuya bañera habitaba un lacerado jergón de plumas de ave, de las de fábula.

En una sala central una motocicleta de gran tamaño pilotada por una también voluminosa enciclopedia recorría en diagonal enormes salas de alrededor sorteando todo tipo de obstáculos: objetos muy diversos ( algunos de ellos de culto ) tales como un par de calcetines de color turquesa unidos por uno de los extremos y formando el signo de Omega, un sombrero canotier, un gramófono con embocadura de orquídea, brochas manchadas de color y ya secas o una cajita, en otro tiempo de pastillas para la tos, ahora repleta de ojos de muñeca y más allá, un pájaro disecado al que, por su aspecto, sólo le faltaba la vida. Ví también cómo una columna de insectos traspasaba los muros, de otro modo, y por su espesor, impenetrables. Al fondo, en otra sala y de cuyas paredes se desprendían enormes pergaminos, partituras, diplomas, alas de mariposas y otros suspiros, ví cómo Antonio Fuentes, con ruedas en los pies, pintaba frenéticamente una catedral e intentando contenerla en un rectángulo de no más de cincuenta centímetros. Sobre él, una hilera de bestias mitológicas desfilaba por la cornisa de la habitación.

Permanecí en este estado de éxtasis no sé bien cuánto tiempo, pero sí sentí cómo mi cabeza giraba hacia la izquierda, hacia un ventanuco por donde pude ver el azul del cielo; un aroma de menta penetraba por el estrecho hueco quebrando el vidrio y manifestando la horizontalidad. A mi lado yacía un sobre con matasellos desdibujado. Una sombra pentagonal ponía tildes al poema.

Esta fue mi primer encuentro con un Artista. Esta es la visión que ha permanecido grabada en mi mente. En tiempos como los que vivimos, ¿podrían acaso ser, éstos y otros, datos para nuestra moribundia?

af@antoniofuentes.org

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