SOBRE ANTONIO FUENTES · TEXTOS · JOAN GIL

ANTONIO FUENTES. LA REAFIRMACIÓN DE UNA ACTITUD APASIONADA

Joan Gil. Miembro de la Asociación Internacional de Críticos de Arte

Ríos de tinta se han escrito sobre la ciudad marroquí de Tánger. Una ciudad que jugó un papel de vital importancia en el periodo de guerras como urbe abierta a los amantes de la libertad. Declarada zona internacional neutral bajo la soberanía del Sultán de Marruecos, aglutinó una amalgama de culturas que enriquecieron sin duda su espectro.

Antonio Fuentes.

Refugio de artistas, escritores, políticos, cineastas, literatos y un sin fin de personajes más o menos exóticos -algunos de dudoso origen- la convirtieron en un espacio donde la intriga, el misterio, la pasión y la creatividad eran el aglutinante de su quehacer diario.

Pero como ciudad abierta, Tánger ofreció siempre un ambiente propicio a la creatividad, un lugar donde desarrollar aquellas ideas impensables en otros lugares. Es en este entorno donde Antonio Fuentes ( Tánger, 1905-1995 ) desarrolla su juventud más apasionada. Un espacio que le ofrece la diversidad de opiniones, la confrontación de ideas y culturas, el análisis de pensamientos y el medio creativo para ejercer una disposición plena dedicada al dibujo y la pintura.

Pero pronto sus ansias de conocimiento forjaron en el joven artista la necesidad de traspasar fronteras para enriquecer su conocimiento. Si bien en sus inicios sus viajes fueron más frecuentes -Madrid, París, Roma, Venecia, etc.- no ocurre lo mismo en su madurez, en donde prácticamente se encierra en su estudio del Zoco Chico de Tánger para trabajar incansablemente de sol a sol.

Con ocasión del centenario de su nacimiento, es un buen momento para rendirle el homenaje que se merece y repasar de forma humana, pero también crítica, el trabajo ejercido durante su trayectoria artística. Un legado, el suyo, que con la perspectiva actual demuestra la entrega, la pasión, la convicción y las ansias de investigación que en todo su itinerario nunca abandonó.

UN REFLEJO DE INQUIETUDES PERSONALES

Una de las pruebas decisivas para un artista es superar con éxito la confrontación de diferentes etapas creativas. Es evidente que el discurso de un momento, aislado de todo contexto evolutivo, siempre resulta mucho más coherente porque cierra un círculo. Por esto una exposición retrospectiva que aglutine sesenta años de trayectoria es siempre un examen que sirve para valorar la relación existente en el transcurso de un itinerario. Este es el caso de la muestra que ahora se presenta de Antonio Fuentes y que nos permite compartir un recorrido pictórico extenso y fructífero, a través de una obra que va evolucionando desde un realismo academicista hasta una total abstracción, incorporando en su universo creativo el legado plástico del siglo XX. Acercar el arte a la vida, conectar la creación con las circunstancias externas ha sido, desde el principio, la preocupación fundamental de Antonio Fuentes. Su obra es una revelación del instante, un reflejo de las inquietudes más personales que en todo momento supo vivir con toda intensidad, nunca doblegado por los engaños del dinero y siempre coherente con sus convicciones. Una actitud que, desde sus inicios, se mantuvo fiel a sus principios y que nunca claudicó ni a los avatares del éxito ni a las falsedades que el mercado del arte le brindó.

Entender la obra de Antonio Fuentes es adentrarse en un mundo lleno de fantasía, independencia, esperanza, poesía y misterio. Su ciudad natal, Tánger, estableció un vínculo con un mundo carente de libertad y en donde el único reducto de aire puro era el ambiente que se respiraba en sus calles, en sus cafés, en sus plazas, en su zoco Chico. Todo este entorno arraigó de forma impactante en la obra de Antonio Fuentes siendo sus cuadros y dibujos el testimonio más claro de una sociedad que ante todo anhelaba libertad.

Así, de la observación de cada una de las etapas creativas de Fuentes se desprende que la sinceridad y el compromiso personal han actuado en cada momento en el ánimo del artista, comunicando sus ideas, emociones o preocupaciones sociales y humanas. Es por esta razón que, con una total autonomía de expresión y con gran dominio del oficio, ha utilizado diferentes recursos para conseguir el resultado deseado.

Con la posibilidad que nos ofrece este trayecto, vemos que su pintura tiene un denominador común que conecta el conjunto de su obra, a pesar de los cambios propios de la dinamización producida en cada momento. Evidentemente, se observan épocas diferentes con características específicas que nos demuestran su turbación, su afán de investigación y de lucha. Pero, un hilo conductor conecta el conjunto de sus obras gracias a un lenguaje basado en la espontaneidad, en la sinceridad, en una expresión contundente dictada por sus ímpetus y por sus inquietudes más vitales.

Desde joven, decidió que su opción era la comunicación plástica. No existía otra cosa que le interesara tanto. Por este motivo, luchó a contracorriente para demostrar que lo único que deseaba era expresarse plásticamente y manifestar su potencial interior. Fuentes pertenece a aquella clase de pintores para los cuales la pintura, por sí misma, se convierte en fuente inagotable de nuevas ideas y, por lo tanto, de nueva pintura. La práctica pictórica para él se convirtió en una necesidad vital, una exigencia del ser. Ésta es creación y como tal el medio más adecuado para comunicarse con el mundo. Pero también es el vehículo para encontrase con uno mismo, para hurgar en las entrañas del pensamiento humano. Si para algo le sirvió la expresión pictórica a Antonio Fuentes fue para realizarse a sí mismo, para hallar a través de este lenguaje el sentido que la vida le brindaba.

Si inicialmente su obra se sitúa entre la de los maestros realistas cézannianos de la generación postnovecentista, inmersa en aquel retorno al orden, con figuras femeninas -en las que refuerza las formas opulentas y los valores constructivos- elaborados en la tradición del realismo clásico y académico, ya a finales de su trayectoria -seducido por las tendencias abstractas- se encamina hacia una nueva orientación, dejando de lado la figuración para investigar nuevos vocabularios.

Estos cambios y evoluciones expresivas no constituyen un estilo unitario, sino que es necesario entenderlos como retos permanentes para no encasillarse en un estilo concreto.

Sus relaciones sociales, por no decir escasas, fueron seleccionadas con orden y minuciosidad. En ningún momento Antonio Fuentes pretendió salir fuera de su mundo, por el contrario su obra demuestra que ésta le enseñó a reafirmarse en un universo interior muchas veces solitario pero de enorme riqueza.

Con el fin de delimitar sus etapas pictóricas, resultado de sus inagotables búsquedas, proponemos reconstruir cada una de ellas para perfilar sus características específicas. Todas son un fiel destello de las intensas experiencias vividas por el artista en las diferentes ciudades en las que residió. En la muestra que ahora se presenta no están todas representadas, ya que temáticas como la tauromaquia, las naturalezas muertas, la serie religiosa o los nocturnos se han obviado para no redundar en ciertos aspectos. Así la elección recoge una síntesis representativa de su trayectoria.

DESNUDOS. DESCUBRIENDO LA NATURALEZA HUMANA

Desnudo.

En los inicios, Fuentes se encaminó a eternizar los arquetipos que le brindaba la realidad. En este sentido, siempre trataba la figura humana como único motivo de inspiración, estructuras de generosa y sólida complexión, con un dibujo compacto y ceñido a una devoción inequívoca por la forma concreta. Son obras que poseen una gran potencia plástica, una presencia vigorosa, una nítida precisión y un ritmo de volúmenes casi escultóricos. La gran atención por el esquema constructivo que traduce la consistencia corpórea de las figuras, lo aproxima a la "Nueva objetividad" alemana -próximo a Otto Dix- con una figura humana, de un realismo duro, potente y sensual que a la vez conserva la calidez, la suavidad y la placidez propias del Mediterráneo, sereno y arquetípico.

Obra de tendencia clasicista y de influencia principalmente italiana, no fue una excepción entre la gran oleada de artistas -de diferente significación- que se sintieron atraídos por aquella “vuelta al orden”, entre los cuales cabe incluir al mismo Picasso.

Existe en todos sus desnudos un estudio anatómico de la figura que viene acompañado por ambientes donde el mar, las barcas y las arquitecturas tangerinas armonizan la composición. Como una áurea, sus figuras son silueteadas con precisión, reforzando el sentido humano de su presencia. Se observa que en algunos dibujos que acompañan a ciertas figuras aparece ya insinuado lo que se convertiría -cincuenta años más tarde- en sus abstracciones. Una revelación prematura que en el inconsciente del artista palpitará permanentemente hasta lograr su ejecución.

BAILAORES Y FLAMENCOS. LOS AMBIENTES LÚDICOS

Flamenco.

Después de permanecer en Madrid de 1925 a 1929, donde ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, se instala a París entre 1930 y 1935 donde realiza apuntes y esbozos a pincel. Durante su estancia hace caricaturas para La Semaine de Paris. De esta época data la serie de los “Bailaores”, flamencos de los ballets españoles; unos estudios de rápida ejecución en los que capta, a través de las siluetas, la esencia del movimiento y la expresión de los gestos. Su obra respira el ambiente festivo y folclórico que se capta en las calles y los cafés de la grand cité. Esta atmósfera le permite conocer a figuras españolas relevantes que pasan por París: Manuel de Falla, Encarnación López, Vicente Escudero, Andrés Segovia, etc… así como jóvenes artistas que también residen en la ciudad como Souto Pelayo con los que comparte ideas y proyectos.

Flamenco.

Su afán de aprendizaje hace que se inscriba en la Grand Chaumière por donde pasan todos los grandes nombres de la pintura contemporánea. Es aquí donde se relaciona con Vlamink y a Kisling, con los que más tarde compartiría exposiciones colectivas. Incansable trabajador, ejercita sin descanso su mano y su ojo. Su dibujo, seguro, tenaz y firme, capta la esencia del instante pero no deja al azar nada que lo pueda enriquecer. Antonio Fuentes quiere que su estancia en París sea un fiel testimonio y retrata con rapidez aquellos motivos que le son más impactantes. En 1930 es admitido en La Nationale de Beaux Arts con un excelente desnudo. Aquí contacta con jóvenes pintores que al igual que él también aspiran a hacerse un lugar en el mundo del arte. Más tarde expone en la Salle d´Art Castelucho donde conoce a Pablo Picasso. De este encuentro, se conservan graciosas e interesantes anécdotas escritas en las cartas de Fuentes que hacen referencia a las conversaciones entre ambos artistas.

En 1934 Antonio Fuentes se traslada a Roma con la intención de ampliar nuevos conocimientos artísticos. Ramón del Valle Inclan firma la solicitud de acceso a la Academia Española de Bellas Artes en Roma. Y aunque París se había convertido en la nueva sede de la capitalidad artística, Roma sigue conservando el estatus de ciudad artística por excelencia. Un claro interés por los clásicos se hace patente en Fuentes como mención de estudio y análisis. Siempre manifestó que “El buey degollado” de Rembrandt era una obra de referencia para el arte contemporáneo, lo que hace entender la admiración que tuvo por la obra de Soutine y Kisling con claras alusiones al pintor holandés y que como muy bien manifiesta Emilio Sainz de Soto cuando dice: “eran nietos de Rembrandt, y sobre todo en ambos latía una inquietud expresionista muy parecida a la del entonces joven Antonio Fuentes con una pincelada casi similar”.

TÁNGER (1945-1965). ESCENAS POPULARES Y PSICOLOGÍA DEL RETRATO

Escena tangerina.

Este español nacido en Tánger, es uno de los continuadores de esta corriente española que se dejó seducir por el ambiente norteafricano, en una línea que va de pintores ochocentistas como Marià Fortuny y Josep Tapiró, pasando por Tomàs Moragas o Antoni Maria Fabrés, hasta llegar a artistas del siglo XX como el catalán Alfred Figueras, el mallorquín Juli Ramis - con el que mantendría posteriormente relaciones muy personales sobre temas esotéricos y astrales - o el mismo Gaudí que viajó a Tánger para diseñar el ambicioso proyecto para las misiones tangerinas. Enamorado del ambiente y de los tipos y tradición que le ofrecía Marruecos, las escenas y retratos que Fuentes captó constituyen una rica crónica de las costumbres del país vecino, sin dejarse llevar jamás por el exceso de exotismo que distorsionaría la realidad. Habitual de las callejuelas de la antigua medina -donde vivía, el zoco Chico- el transcurrir tranquilo de la vida y el contacto con la gente le ofrecían los temas que buscaba para su pintura. Aspectos variados de la vida cotidiana que conocía a la perfección y que captaba con inmediatez, sin idealizarlos y sin añadir anécdota ni folclorismo.

Retrato.

El cromatismo contrastado y la pincelada densa y pastosa caracteriza esta etapa. Son obras de resolución inmediata y rápida, de primera intención, con un primer toque de pincel gestual que hace innecesaria la insistencia para explicar la imagen. Esta voluntad de síntesis es el resultado del esfuerzo constante por eliminar la anécdota y el detalle innecesario y superfluo. Una larga elaboración mental que cristaliza en unos toques incisivos, trémulos, pero seguros, que contienen la emoción que le ha producido al artista la observación de su entorno más inmediato.

Es aquí donde Antonio Fuentes demuestra toda su fuerza expresiva con un trazo contundente de la más rabiosa modernidad europea del momento. Tanto las escenas populares de las calles, plazas y mercados tangerinos como los interiores del café Fuentes tienen un tratamiento similar. Son obras realizadas con pasión, con fuerza expresiva, obviando el detalle y magnificando el conjunto de la composición. Son pinceladas expresionistas en su más pura forma. Su gama cromática consigue unos colores vivos e intensos: ocres, amarillos, tierras, azules y blancos configuran un espectro de riqueza plástica. Por el contrario, los retratos de esta misma época adquieren un matiz más naturalista con el cual pretende captar la psicología del personaje y en donde los colores respiran una calidez y suavidad más acentuada. Los dibujos de los rostros tangerinos están resueltos con enorme sencillez, con muy poca señales, percibiendo sin duda los rasgos más esenciales.

CATEDRALES (1965-1970). UNA CONCEPCIÓN MÍSTICA DE LA VIDA

Catedral.

Uno de los temas más evocadores y particulares que se conocen en la obra de Antonio Fuentes son las catedrales. Estas nos remiten a una concepción mística que si bien en estas series se hace claramente patente, también en otras se evidencia de forma sugerente. Su posición de la vida ante la muerte hace que el artista afronte de forma devota una temática que exprime con ahínco.

La arquitectura y la construcción de las catedrales dominan su atención durante un periodo aproximado de cinco años de su trayectoria pictórica. Es un tema singular y personal que lo sitúa en una de sus etapas de mayor plenitud artística. Son obras de una espléndida madurez; obras meditadas y perfectamente estructuradas en las que se mantiene fiel a la lección constructiva. La concepción de la composición aparece robusta y muy afinada con una percepción lumínica y espacial. En estos trabajos parece que la convivencia entre la simbología católica y árabe edifique unos cuerpos a la vez rotundos y mágicos que se parecen más a visiones y ensueños que no a realidades concretas. Personajes en procesión, rostros insinuados, que evidencian una revelación espiritual, dentro de una arquitectura a modo de retablo eclesiástico, estrellas referenciales, rayos de luz cósmica y celestial que invaden el espacio, configuran un hábeas lleno de connotaciones religiosas y humanas. Encontramos aquí un ambiente metafísico y telúrico que en posteriores series se evidencia de forma más acentuada, llegando a transmitir una nostalgia angustiosa ante la concepción de otros mundos imaginarios.

ABSTRACCIONES. LAS ENERGIAS DE LO ETERNO Y TRANSCENDENTE

Abstracción.

Tras la muerte de su madre -que le marcó decisivamente- Antonio Fuentes adopta una postura introspectiva ante la vida. Su mundo se cierra en sí mismo y abandona aquel universo externo que tanto le había dado para adentrase en sus pensamientos y crear el suyo propio. Una actitud desoladora pero voluntaria que le llevaría a realizar obras de extremada libertad en un campo que no había abordado hasta el momento: la abstracción.

Después de la etapa dedicada a las catedrales, abandona la contundencia y la solidez anterior para dejarse llevar por situaciones etéreas, vaporosas y difusas. Llega el periodo de las pinturas que desarrolla a lo largo de los años setenta y en las que la atmósfera espacial es el único protagonista. Es evidente que en éstas sigue manteniendo la predilección por el sentido constructivo y por su íntima relación con el espacio, aunque lo vaya abandonando cada vez más. Pero este orden estructural queda supeditado al elemento luminoso con una voluntaria limitación cromática en un afán de austeridad y simplicidad. Una luz que Antonio Fuentes persigue como referencia, como guía ante un destino, a veces incierto, en la búsqueda por encontrar un sentido en el mundo que habita. Una claridad identificada con el espíritu y con la moralidad. La luz de Antonio Fuentes es fuerza creadora, energía cósmica, irradiación. Psicológicamente, recibir la iluminación es adquirir conciencia de uno mismo y, en consecuencia, obtener la fuerza espiritual; aquella que nunca le abandonó y que hizo que se adentrara en mundos hasta el momento inexplorados por él.

Abstracción.

Nos encontramos ante unas pinturas extremadamente sensibles y refinadas, cargadas de misterio y que piden una mirada lenta e introspectiva. En estos años, materializa pictóricamente experiencias interiores. Por este motivo este trabajo no puede ser visto desde fuera, sino que se convierte en atmósferas para habitar, espacios para sumergirse. Es aquí cuando deja de lado las descripciones referenciales de la realidad para adentrarse en las impresiones que ésta le produce y cuando empieza a traducir plásticamente las emociones en luces, sombras, transparencias, opacidades... es decir, en climas de un mundo intemporal. Paisajes de los sueños, escenas con valores eternos y universales, en los que late un tono enigmático, impreciso y misterioso pero con una emanación de energías que se proyectan hacia lo eterno y trascendente.

Progresivamente, se introduce en la abstracción lírica para desarrollar una obra basada en formas que fluctúan, velándose y apareciendo. Son atmósferas inciertas y laberínticas en un equilibrio inestable. Pintura de la memoria, del recuerdo, en la que rastros, sombras, reflejos, transparencias, presencias sin peso, quedan abandonadas en el espacio, de la misma manera que las emociones se sostienen en la conciencia.

FROTTAGES. UNA COSMOLOGIA UNIVERSAL

Frottage.

En esta última etapa que abarca los años 90 es como si quisiera despojarse de todo: dejando de lado lo superfluo para quedarse con el gesto y la presión que ejerce sobre el soporte para hacer emerger relieves y texturas. Gracias al recorrido de la mano y al tránsito de la herramienta pigmentada , van apareciendo en la superficie huellas y señales a partir de la propia cadencia energética, de las latentes vibraciones o de los movimientos dinámicos.

Antonio Fuentes quiere dejar patente su paso, su experiencia más sincera en el final de su carrera. Nuestro artista se despoja aquí de todo el lastre acumulado e intenta simplificar al máximo aquel sentido de acumulación material que los humanos poseemos. Una conciencia espacial que evidencia el estudio por otros mundos superiores más allá de la realidad circundante. Su mente viaja en busca de la luz que le revele el sentido de la verdad absoluta.

PLANTEAMIENTOS GLOBALES

El centenar de obras que ahora se muestran en esta exposición manifiesta de forma clara y contundente que Antonio Fuentes ejerció un trabajo pictórico durante una trayectoria que aglutinó las tendencias más esenciales del arte del siglo XX.

No se puede estudiar su obra sin tener presente la imagen de un personaje peculiar, bohemio, pintoresco y ávido de conocimiento, preocupado por un estudio interior del desarrollo humano. Un personaje abierto al mundo pero también encerrado en sí mismo.

Es un buen momento para conocer una de las figuras con más talante creativo que supo optar por un estilo de vida inmutable y mantener una coherencia consigo mismo, dando una visión muy particular del mundo a través de su arte.

Muchos paralelismos se podrían hacer con los grandes artistas de su época, pero tal vez sería inútil forjar estrechos lazos con un creador que sólo pretendió ser él mismo. Ni el mercado, ni el dinero, ni el éxito hicieron tambalear su integridad. Por el contrario siempre se mantuvo firme en sus ideas y recogió solamente aquello que más le cautivó. Sin duda ha sido un artista olvidado, pero también él creó las condiciones para serlo, quizás en busca de aquello que tal vez no sabemos si lo llegó a conseguir. Encerrado en su estudio del zoco Chico, este “Toulouse-Lautrec de Tánger”, como le calificó Pierre Gassier en sus inicios, supo recoger aquellos ambientes que tanto cautivaron a antecesores suyos como Delacroix, Matisse, Fortuny, Tapiró y muchos más. Sus contactos con Paul Bowles, Kokotschka, Picasso, Vlkamink, Soutine y muchos otros le enriquecieron de forma decisiva, extrayendo de éstos aquello que más le impresionó.

Antonio Fuentes.

Un dibujo ágil, elegante, expresivo, así como una pintura, tenaz y contundente, de pincelada gruesa, con nervio y vigor pero a la vez segura, definen un vocabulario plástico propio que supo engrandecer sus fronteras y que no se limitó a estrecheces academicistas.

El concepto de espacio también marcó un punto de interés en toda la obra de Antonio Fuentes, desde el físico y real, hallado en las escenas tangerinas, hasta el sugerido e insinuado de sus últimas abstracciones.

La luz no podía faltar como ingrediente en este creador. Desde las luces mediterráneas que captan el esplendor del ambiente, hasta las luces místicas de las catedrales o las luces cósmicas de sus abstracciones, éstas se convierten en testimonio de veracidad e hilo conductor en su obra.

Sus composiciones formales no abandonaron nunca las estructuras compositivas de sus obras. Tanto en el dibujo como en la pintura, Antonio Fuentes materializó un orden natural que conseguía un conjunto equilibrado. Incluso en sus obras abstractas se desvela un interés por no destruir aquello que durante años había forjado en su mente. La forma desaparece pero no su estructura.

Una doble condición, la de Antonio Fuentes -la del popularismo tradicional por sentimiento y la del cosmopolitismo por la experiencia asumida de la modernidad vivida en París y Roma- que se ha materializado en un vocabulario singular y de fuerte personalidad. No falta de contenido, su obra transmite un mensaje esperanzador.

Personaje de espíritu fuerte, inquieto y analítico, Antonio Fuentes vivió constantemente forzando retos personales que superó con éxito según los objetivos y exigencias que en todo momento se iba imponiendo. Es por este motivo que nos complace rendirle un cálido homenaje de reconocimiento a su figura y a su obra.

af@antoniofuentes.org

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