SOBRE ANTONIO FUENTES · TEXTOS · CARLOS SANZ DE SOTO

DOS ENCUENTROS CON ANTONIO FUENTES

Carlos Sanz de Soto

El primer encuentro fue en el año cuarenta y siete o cuarenta y ocho, yo tendría unos quince años. Su sobrino, compañero de clase, me invitó a acompañarle a ver a su tío el pintor, quien le había dicho haber adquirido un objeto bellísimo y extraordinario. Un domingo, tras la misa obligada, descendimos la calle de los Siaghins hasta el Zoco Chico, pasamos por delante del Café Fuentes y trocimos a la derecha adentrándonos por el callejón que años atrás había cobijado el Consulado de las Dos Sicilias. Subimos al Hotel Fuentes por una escalera larga y recta que conducía a un pequeño patio que con sus arcos, columnas y macetas había aparecido exótico a miles de pasajeros. En los muros colgaban algunos cuadros representando venerables marroquíes barbudos envueltos en chilabas.

Subimos una escalera de barandilla de hierro y escalones de mármol y nos detuvimos ante una puerta que, como todas las otras, tenía el número en una plaquita ovalada esmaltada en blanco. Mi amigo llamó, y Antonio Fuentes apareció inmediatamente, saludó con un gesto rápido del brazo y sin más preámbulos nos empujó hacia una escalera estrecha escondida en un rincón. “ Arriba, arriba”, nos incitó con entusiasmo.

Al llegar al descansillo, nos empujó a un lado y con llave en mano se adelantó por el corredor hasta llegar a una puerta indiferente. Allí se detuvo unos segundos, como en meditación. Luego, lentamente, insertó la llavey abrió la puerta, presentándonos una habitación oscura. Una rendija en las persianas permitía entrever una cama, un aparador y papeles.

Antonio Fuentes se movía ágilmente, casi inquieto por desvelar su secreto. “ Aquí está ”, dijo señalando el aparador.

Abrió un cajón cuidadosamente y de debajo de camisa arrugadas y ropa interior, extrajo un objeto que sostuvo en sus manos con satisfacción y orgullo. Un objeto de unos 30 centímetros por lado y 10 de alto, de un color verde pálido difícil de describir.

“ Bellísimo, verdad? , pero ya veréis, ya veréis”. Lo colocó cuidadosamente en el aparador. Acarició los bordes lentamente.

“Ahora veréis ”, repitió como un prestidigitador a punto de efectuar el truco final.

El objeto tenía una cremallera alrededor de la base. Antonio Fuentes deslizó la cremallera con reverencia y entusiasmo reprimido, y exclamó con entusiasmo ahora irreprensible:

“Mirad, mirad, mirad que bellísimo, es perfecto de líneas, de proporciones, mirad cómo los ángulos desaparecen y complementan las líneas, pero mirad, niños, mirad, esto es una obra de arte.”

Mi amigo y yo contemplamos en silencio una máquina de escribir Olivetti portátil

“Qué objeto más bello”, repitió Antonio Fuentes satisfecho.

Luego, con reverencia, volvió a cerrar la cremallera y lo depositó en el cajón, cubriéndolo con prendas de vestir. “Para que no lo roben”, explicó.

Sonreía feliz de haber podido compartir su descubrimiento con nosotros.

Muchos años después, visitando el Museo de Arte Moderno de New York, expuesto entre los objetos de excepcional diseño industrial, contemplé el mismo modelo de Olivetti portátil que Antonio Fuentes nos había mostrado una mañana marroquí.

Mi segundo encuentro fue hacia 1973. Había vuelto a Tánger con mi esposa Julia, nos hospedábamos en casa de mi madre quien con orgullo tangerino nos mostró unos cuadritos de Antonio Fuentes, despertando en nosotros el deseo de poseer en los Estados Unidos, a través de ellos, un trozo de Marruecos.

No fue fácil arreglar una visita al estudio de Antonio Fuentes. Ni tenía teléfono, ni nadie estaba seguro de dónde vivía. Los familiares que yo conocía habían ya abandonado Tánger. Mi madre, decidida a que nosotros obtuviésemos un cuadro de Antonio Fuentes, envió nuestra criada marroquí a la medina a investigar el paradero del “pintor español”. Al segundo día, volvió con la información. Seguir la calle Italia, a varias manzanas del Zoco Grande, tomar un callejón a la derecha, luego otro a la izquierda, pasar cerca de la Fuente Nueva. Torcer a la izquierda de nuevo, luego a la derecha, hasta llegar a una placita triangular, donde había que preguntar en un bakal por Antonio Fuentes.

Seguimos las instrucciones exactamente.

"Sabía que ibáis a venir”, dijo el propietario del bakal como si de una contraseña secreta se tratara. Salió de detrás del mostrador y se plantó en la puerta de su minúsculo establecimiento. Delante nuestra, la placita lucía sus casas de dos o tres pisos, apretujadas las unas contra las otras, encaladas en blanco o crema, con persianas verdes o azules.

El bakal miró alrededor como cerciorándose de que no había intrusos, colocó sus manos en la boca a guisa de altavoz, y llamó con un vozarrón tremendo:

“Antonio !!!, Antonio !!!”

Esperamos un momento, y en la azotea de una de las casa que daban frente al bakal, apareció, como una imagen de Rembrandtr, una cabeza envuelta en una especia de turbante marrón que resultó ser un batín. Inmediatamente reconocí la sonrisa que años atrás me había mostrado una máquina Olivetti.

“Subid, subid”, gritó invitándonos con gestos.

El bakal nos indicó la puerta y volvió a sentarse pacíficamente detrás de su mostrador. La puerta era de madera sólida, despintada y agrietada, y el ojo para una llave descomunal aparecía gastado por el uso. Golpeamos la aldaba de hierro y la puerta se abrió pulsada por un cordel desde lo alto de la escalera. Los escalones eran altísimos y estrechos como los de una torre medieval. En lo alto, e inclinándose para vernos, nos esperaba Antonio Fuentes.

“Aquí, aquí, bienvenidos.”

Jadeando, subimos al encuentro del entusiasmo natural que radiaba Antonio Fuentes. Sus ojos vivísimos parecían en movimiento continuo como deseando captar hasta el más mínimo detalle del mundo alrededor. Las palabra parecían pelear por salir de la boca con inesperada alegría de vivir.

“Entrad, entrad,”

Pasamos a una habitación destartalada, sin ventana, sin encalar en años, con poquísimos muebles colocados al tuntún, donde, en un rincón, protegido por una cortina, Antonio Fuentes había instalado un colchón a guisa de dormitorio.

“Un momentito, por favor”, dijo Antonio Fuentes, y acercándose a aquel rincón, descolgó una bombilla que arrastraba una larguísima cuerda eléctrica. “Es la única iluminación que tengo,” explicó, “naturalmente además del sol.”

Nos dio un rápido recorrido de esta habitación enseñándonos algunos cuadros aproximando a ellos la bombilla, luego pasamos a la potra habitación que hacía de estudio. Era rectangular, con manchas de pintura por paredes y suelo, tenía una ventana que daba a la placita triangular. Había un caballete en un rincón que me pareció lo usaba más como percha que como caballete. Multitud de cuadros se amontonaban contra los muros. De un manotazo, limpió el asiento de una silla desacoplada donde se sentó Julia, me hizo sentar en un cajón de madera de donde quitó pinceles y bocetos, él se sentó en otro cajón y hablamos. Quería saber de New York con la ansiedad y curiosidad de un joven aventurero, nos habló de sus años de París como si de allí hubiera vuelto recientemente. Se interesó en nuestras vidas como si fueran interesantes, y nos habló de la suya como si de la norma se tratara.

“Ahora,” continuó “tengo una rutina. Todas las mañanas bajo a la playa, temprano, muy temprano, al amanecer, antes de que los bañistas y turistas aparezcan. Bajo a la playa a descubrir los colores de la mañana y el mar. Y me baño” Rió como si de una travesura se tratara.

“Luego, aquí a pintar. En esta habitación o en la azotea, depende de la luz”.

Volvía a menudo al tema de la luz. Y mientras hablábamos, nos iba enseñando cuadros sin plan ni concierto, como le venían a la memoria o cayesen a mano.

Algunos de juventud, realistas; otros recientes, abstractos. Los mostraba todos con afecto, sin crítica ni alabo.

Unos chiquillos marroquíes lo llamaron desde la calle. Antonio Fuentes sin mirar ni contestarles les lanzó unas tizas de colores por la ventana.

“Para pintorrear paredes y calles,” explicó.

Siguió mostrando cuadros. Algunos lienzos pintados por ambos lados, otros, visiblemente, pintados varias veces, dejando una esquina sin pintar por si le apatecía pintar de nuevo lo qie debajo quedaba.

Los chiquillos volvieron a pedir tizad.

Antonio Fuentes cogió otro puñado y las lanzó por la ventana. En árabe añadió: “Ya es bastante por ahora”.

Nos mostró un retrato de una marroquí de piel marrón y senos robustos, e inmedatamente uno monocolor abstracto pintando en papel de lija.

“Me gusta el efecto,” dijo entusiasmado, pero había estado igualmente entusiasmado por pinturas de juventud.

“Mirad, los pobrecitos” y nos enseñaba un cuadro de campesinos marroquíes arrastrando los pies tras burros cansados. “Son mis compañeros de las mañanas.”

Nos fue enseñando los cuadros de una vida, uno sin terminar, otro protegido sin motivo por un jaique, otro lleno de polvo que no había visto en años y que se alegró de descubrirlo entre los muchos que se poyaban contra los muros como si de un viejo amigo se tratara.

Era Antonio Fuentes un hombre de necesidades limitas, tenía su playa, su pintura, su cafetín donde tomar té con hierbabuena y donde conversar con sus amigos del barrio, en árabe o en español, sobre los vecinos, los temas del días, o sobre la vida y la muerte si el momento lo requiriese. Sus ojos vibraban con vida y con curiosidad como si el mundo alrededor suyo se renovase continuamente.

Horas después, fascinados con Antonio Fuentes y envueltos en su entusiasmo, descendíamos la peligrosa escalera, agarrándonos a la pared con una mano, y con l otra reteniendo los cuadros que habíamos comprado, tres de escenas marroquíes y dos abstractos en papel de lija, uno azul mar, otro color vino.

Cuando cruzábamos la placita no volvimos a contemplar la casa. Antonio Fuentes, de nuevo en la azotea, nos saludó con una mano mientras que con la otra anudaba alrededor de la cabeza el viejo batín para protegerse del sol marroquí que tanto amaba.

Saludamos y continuamos nuestro camino, impresionados al reconocer que en aquel aposento descarnado y sin atractivo, alumbrado ´solo por una bombilla eléctrica que tenía que ser arrastrada de rincón a rincón, vivía un hombre feliz.

Nashville, Estados Unidos, Octubre 1997.

af@antoniofuentes.org

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